La ciudad de Teruel ocupa totalmente una aislada meseta, bastante elevada y delimitada por laderas relativamente escarpadas, a la cual se asciende por pronunciadas rampas, hoy carreteras, y puentes de los últimos tiempos, sin faltar al célebre Acueducto de los Arcos del siglo XVI.

Bordeada por el río Turia, deja ver por cualquiera de sus frentes un paisaje acorde con su personalidad, variada y peculiar.

Aun cuando los orígenes del poblamiento de las vegas turolenses se remontan a época prerromana, las primeras referencias a Teruel se encuentran en las crónicas musulmanas de época califal, cuya denominación en aquel momento era "Tirwal".
 
La fundación de la ciudad fue en el verano de 1171, con el fin de organizar las fronteras en torno al Reino de Aragón. Desde su fundación convivieron de forma pacífica mudéjares y cristianos, bajo el amparo del Fuero de Teruel. Prueba de ello, han llegado a nuestros días las manifestaciones más bellas de arte mudéjar, reconocidas por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.

Pero hasta 1347 Teruel no recibirá el título de ciudad de manos del Rey Pedro IV, época en la cual vivirá su período de mayor apogeo y su época de florecimiento económico más importante.
También los siglos XVII y XVIII dejaron una profunda huella en Teruel. A las importantes remodelaciones urbanísticas, le acompaña la renovación en todos los edificios religiosos y la construcción de numerosos palacios. Un hito que marcará el inicio de este período será la expulsión de los moriscos en el año 1610.

La arquitectura modernista dispersa por todos los rincones de la ciudad, va a marcar de una forma muy especial la fisionomía que nos acerca hasta el Teruel de hoy.

Todas estas manifestaciones históricas y la situación geográfica en que se encuentra enclavada van a delimitar el casco antiguo, que será el corazón de la vida de la ciudad incluso en nuestros días.